Internet no tiene la culpa, a propósito de la agresión a Mery Zamora

mascaraImaginen este escenario: en 1940 un tipo con máscara se instala en la esquina de una calle transitada repartiendo fotografías a todos quienes caminan por su lado. Las fotografías son íntimas y muestran a otra persona sin que ella haya dado su aprobación explícita, no es una parodia ni se trata de una figura pública, obviamente son sustraídas. Los expertos abogados que están leyendo esto podrán corroborar –o corregir– que claramente se trata un caso para iniciar un acción legal de demanda, al menos contra dos delitos: Sustracción o robo de material privado, y violación al derecho de la privacidad e intimidad.

A nadie se le ocurriría pensar en elaborar una regulación legal para prohibir “usar máscaras en las esquinas de calles transitadas de las ciudades”, porque eso sería como matar moscas a cañonazos, sería una acción estúpida que pretende inútilmente evitar un nuevo delito por parte de otros enmascarados. El problema no radica en el uso de máscaras, porque también sirve –por ejemplo– a los payasos para entretener y divertir cuando son bien usadas. Igual de descabellado sería prohibir la venta de cámaras fotográficas porque algunas de ellas podrían usarse con fines delictivos. Absurdo.

Ahora estamos en 1960, la tecnología evolucionó, podemos hacer fotografías y revelarlas instantáneamente a través de cámaras Polaroid, no hay necesidad de que varias personas intervengan en el proceso de revelado fotográfico, por tanto también el anonimato se protege. Otra persona ocultando su identidad con una máscara está repartiendo fotos Polaroid a los transeúntes, el contenido de las fotos y los daños a terceros es similar que en el ejemplo de 20 años atrás. No es necesario decir que –siguiendo la analogía– a nadie que tenga dos dedos de frente se le ocurriría regular las ventas de cámaras Polaroid porque se han dado casos de mal uso. Tampoco hay argumento que se sostenga diciendo que esa agresión se cometió ejerciendo el derecho a la libertad de expresión, son dos cosas totalmente distintas.

Siguiente salto tecnológico, estamos a 18 de febrero de 2015, las redes sociales son tan populares como un político que acaba de ganar las elecciones. Un sujeto con la “máscara” que permite usar una cuenta de Twitter se “instala” en una esquina de Internet por una calle altamente transitada y “reparte” (publica) fotografías de otra persona, no es una parodia, no hay una autorización explícita para su circulación, y han sido sustraídas.

En este punto es donde se pone interesante la historia, porque se entremezclan –a veces de mala manera y con mala fe– algunos componentes que es necesario separarlos para entenderlos adecuadamente. En todos los casos anteriores tenemos una persona autora del delito, otra persona que es la agredida, un delito, un contenido visual (fotografías), una “plataforma” sobre la que se distribuyó el contenido (papel fotográfico, papel Polaroid, e Internet respectivamente), y unos argumentos desenfocados de pretender regular la plataforma y de eliminar otros derechos importantísimos debido a un caso delictivo. Lo que más contradicción me genera es que aquellas personas que no tienen ni puta idea de la arquitectura de Internet son precisamente las que más entusiasmo tienen en regularla, no sólo por ignorancia, confundiendo todo y trasladando la consecuencia de sus actos a todos quienes la usamos. Para esta gente, incluyendo a sus equivocados asesores, con mucho cariño les regalo este texto.

El caso de ayer de las fotos filtradas de Mery Zamora, que por cierto es totalmente execrable, ha traído ciertas insinuaciones, por ejemplo:


De verdad espero que luego no se diga que se debe eliminar el azúcar del mundo para evitar la diabetes.

Pero para complicarlo más, sumemos a esto un fuerte componente político, o mejor dicho partidista-electorero, una polarización radical entre gobierno y oposición, sendas acusaciones de lado y lado. Pocas personas tendrán mano de cirujano y bisturí de precisión para separar delicadamente los argumentos técnicos –algunos de ellos expuestos en este post–, legales, y partidistas. Traté de hacer una división apropiada con un ejemplo entendible, por eso escribo estas líneas, no entraré en las broncas desgastantes del partidismo ciego venga de donde venga.

La culpa no es de Internet ni de su característica disruptiva con respecto a tecnologías anteriores que ahora las muestra como obsoletas. La culpa no la tienen las computadoras que han permitido desmaterializar contenidos (por ejemplo imágenes visuales o fotografías) y separarlos de su continente (por ejemplo papel fotográfico), digitalizando casi todo y circulando de forma entremezclada. La culpa no la tienen las redes sociales que en algunos países son el último recurso para expresarse de forma libre, cuyos gobiernos totalitarios lo tachan de cobardía, y que sinceramente espero que eso nunca suceda en Ecuador; esa libre expresión exenta de agresiones es componente vital de toda democracia que se precie un estado maduro, y por eso debemos defenderla. La culpa no la tienen las cosas, los objetos, la tecnología. La culpa la dictaminará un juez en un debido proceso contra una persona que ha hecho mal uso de esas cosas, objetos o tecnología, en un juicio muy similar de hace 75 años atrás mostrando como evidencia unas imágenes personales privadas reveladas en papel fotográfico.

¿Qué pasa si pretendes golpear los fundamentos sobre los cuales Internet fue creado? A una agresión política podemos desarrollar una respuesta técnica, toma en cuenta algunos ejemplos y piénsalo dos veces.

La Asociación de Usuarios Digitales del Ecuador [tiene página en Facebook pero no un sitio web :-( ] viene alertando sobre estas y otras amenazas, preocupándose para que quienes usamos Internet tengamos conciencia de lo que hacemos o dejamos de hacer, dialogando con otros actores, y a veces “trolleando por las buenas” para que su voz sea escuchada. Si crees que estos temas deberían enfocarse también desde una perspectiva integradora de los usuarios comunes de Internet entonces creo que deberías ponerte en contacto para hacer juntos lo que no deberíamos hacer por separado.

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